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Facebook: de una habitación en Harvard a la apuesta de Meta por inteligencia artificial

Facebook: de una habitación en Harvard a la apuesta de Meta por la inteligencia artificial

En poco más de dos décadas, Mark Zuckerberg convirtió una página creada para estudiantes de Harvard en una compañía que factura más de USD 200.000 millones al año, compró dos de las plataformas digitales más importantes del mundo, soportó decenas de miles de millones de dólares en pérdidas para intentar construir el metaverso y ahora prepara una inversión todavía mayor para competir por el futuro de la inteligencia artificial. La historia de Facebook es también la historia de cómo cambia una empresa cuando crece su capacidad para asumir riesgos.

Cuando Peter Thiel puso USD 500.000 en Facebook en 2004 estaba financiando una compañía que apenas comenzaba a salir de los campus universitarios estadounidenses y cuyo valor se estimaba entonces en unos pocos millones de dólares. Tres años después, Microsoft pagó USD 240 millones por aproximadamente 1,6% de la empresa, una operación que colocaba su valoración alrededor de USD 15.000 millones y anticipaba hasta qué punto los inversionistas estaban dispuestos a pagar por una red que crecía rápidamente aun cuando todavía no existía una certeza sobre la dimensión final de su negocio. En 2012, cuando Facebook llegó a Wall Street, esa valoración había superado los USD 100.000 millones. En 2025 sus ingresos alcanzaron USD 200.966 millones y la empresa produjo USD 115.800 millones de flujo de caja operativo, cifras que permiten dimensionar la distancia recorrida desde aquella primera inversión y también entender por qué Zuckerberg dispone hoy de una capacidad financiera difícil de imaginar durante los primeros años de la compañía.

Facebook nació el 4 de febrero de 2004 como TheFacebook, una plataforma desarrollada por Zuckerberg junto con Eduardo Saverin, Dustin Moskovitz, Andrew McCollum y Chris Hughes para conectar estudiantes de Harvard; su expansión hacia otras universidades fue rápida y el crecimiento comenzó a exigir servidores, empleados y capital, llevando a la empresa a Palo Alto y acercándola al ecosistema de inversionistas que durante aquellos años financiaba la siguiente generación de compañías de internet. Después de Thiel llegó Accel Partners, que en 2005 lideró una inversión de USD 12,7 millones cuando Facebook estaba valorada alrededor de USD 100 millones, y durante los siguientes años el capital privado permitió que Zuckerberg privilegiara el crecimiento de la red mientras desarrollaba un modelo publicitario capaz de aprovechar algo que estaba acumulándose con enorme velocidad: información sobre las relaciones, intereses y comportamiento de millones de personas.

La economía del negocio comenzó a hacerse evidente antes de la salida a bolsa, ya que Facebook facturó USD 1.974 millones en 2010 y USD 3.711 millones en 2011, cuando registró USD 1.756 millones de beneficio operativo, una combinación de crecimiento y rentabilidad poco frecuente entre compañías tecnológicas jóvenes. La publicidad estaba convirtiendo la escala de usuarios en dinero y cada nuevo miembro aumentaba el valor de una plataforma en la que ya se encontraban amigos, familiares, empresas y anunciantes. Facebook había conseguido construir un mercado en el que la atención de los usuarios podía empaquetarse en audiencias cada vez más específicas y venderse a empresas interesadas en alcanzarlas, una fórmula que años después sería perfeccionada con sistemas algorítmicos mucho más sofisticados y que terminaría financiando prácticamente todas las grandes apuestas corporativas de Meta.

La llegada a Wall Street y los US$38 por acción

Facebook debutó en Nasdaq el 18 de mayo de 2012 después de fijar su oferta pública inicial en USD 38 por acción, cuya operación colocó más de 421 millones de acciones y situó el valor de la compañía alrededor de USD 104.000 millones, mientras Facebook recibió aproximadamente USD 6.800 millones netos por las acciones nuevas emitidas en la oferta. Para una empresa fundada ocho años antes, la cifra era extraordinaria, aunque la jornada estuvo marcada por problemas técnicos en Nasdaq y los primeros meses de negociación fueron difíciles, con una acción que llegó a perder una parte considerable de su valor mientras los inversionistas comenzaban a preguntarse si Facebook sería capaz de trasladar su negocio publicitario desde las computadoras hacia los teléfonos móviles, que estaban transformando rápidamente el consumo de internet.

Ese temor resulta particularmente interesante visto desde 2026 porque Facebook ya había tomado una decisión que terminaría definiendo buena parte de su futuro. Apenas unas semanas antes de la IPO, Zuckerberg había acordado comprar Instagram por aproximadamente USD 1.000 millones en efectivo y acciones, una cifra que sorprendió porque Instagram era una compañía pequeña, con alrededor de 30 millones de usuarios, apenas una docena de empleados y prácticamente ningún ingreso. La aplicación, sin embargo, estaba creciendo precisamente en el lugar donde Facebook necesitaba fortalecerse: el teléfono móvil; así que las fotografías, el desplazamiento vertical y una experiencia construida desde el principio para smartphones anticipaban una modificación profunda en la forma en que las personas consumirían contenido durante la siguiente década.

La contabilidad final de aquella compra es más compleja que el titular de USD 1.000 millones, por lo que Facebook registró posteriormente un precio de compra de USD 521 millones, compuesto por USD 300 millones en efectivo y acciones consolidadas, mientras parte de las acciones vinculadas a empleados recibió tratamiento de compensación. La diferencia es relevante para entender cómo funcionan las adquisiciones tecnológicas, donde el precio anunciado puede incluir efectivo, acciones, paquetes de retención y compensaciones cuyo tratamiento financiero ocurre durante varios años. Lo importante para Facebook era que Instagram pasó a formar parte de su estructura cuando todavía era relativamente pequeña y posteriormente se convirtió en uno de los activos centrales de la compañía, ampliando la exposición de Meta hacia públicos más jóvenes, video, creadores y una publicidad móvil que terminó siendo considerablemente más grande de lo que el mercado imaginaba en 2012, aunque dos años después Zuckerberg llevó esa estrategia a una escala completamente distinta.

US$19.000 millones para controlar la mensajería

Cuando Facebook anunció la compra de WhatsApp en febrero de 2014, la aplicación tenía alrededor de 450 millones de usuarios activos mensuales y sumaba aproximadamente un millón de usuarios diarios. La contraprestación anunciada contemplaba USD 4.000 millones en efectivo y USD 12.000 millones en acciones de Facebook, además de unos USD 3.000 millones en acciones restringidas destinadas a los fundadores y empleados que se consolidarían durante los siguientes cuatro años. La magnitud de la operación parecía difícil de justificar utilizando las métricas financieras tradicionales porque WhatsApp todavía generaba pocos ingresos, aunque su valor estaba en otra parte: cientos de millones de personas habían trasladado una porción creciente de sus comunicaciones desde mensajes de texto y redes sociales abiertas hacia conversaciones privadas desde el teléfono.

Cuando la adquisición cerró meses después, la apreciación de las acciones de Facebook había elevado considerablemente el valor económico de la transacción, y ese movimiento permite observar una de las ventajas financieras que había adquirido la empresa después de su IPO. Facebook podía utilizar sus propias acciones como moneda para realizar adquisiciones, intercambiando una parte de un activo cuyo valor había crecido por compañías capaces de proteger su posición durante la siguiente transformación de internet. Instagram aseguró una posición privilegiada en fotografía y posteriormente video móvil; WhatsApp colocó a Facebook en el centro de la mensajería global; Messenger complementó esa estructura y Facebook continuó aportando la enorme base de usuarios y el motor publicitario.

La compañía que había comenzado alrededor de una sola red social terminó controlando una familia de aplicaciones cuya escala resulta difícil de replicar. Meta reportó un promedio de 3.580 millones de personas activas diariamente en su familia de aplicaciones durante diciembre de 2025, un crecimiento interanual de 7%. La dimensión financiera es todavía más reveladora: de los USD 200.966 millones que Meta facturó durante 2025, aproximadamente USD 198.759 millones correspondieron a Family of Apps, mientras ese segmento produjo más de USD 102.000 millones de beneficio operativo, mientras la publicidad continuaba financiando el imperio.

Esa capacidad de generar efectivo modificó gradualmente la naturaleza de las decisiones que podía tomar Zuckerberg. En los primeros años, Facebook necesitaba levantar capital para crecer; después de consolidar su negocio publicitario comenzó a generar suficiente dinero para financiar internamente proyectos cuyo horizonte de retorno podía extenderse durante muchos años. Al cierre de 2025 Meta tenía USD 81.590 millones entre efectivo, equivalentes y valores negociables, había generado USD 115.800 millones de flujo de caja operativo y USD 43.590 millones de flujo de caja libre durante el ejercicio, y esa fortaleza del balance permitió emprender una de las apuestas más costosas de la historia tecnológica reciente.

Zuckerberg intenta construir la plataforma después del teléfono

En octubre de 2021 Facebook cambió su nombre corporativo a Meta Platforms y Zuckerberg colocó el metaverso en el centro de la estrategia, y esta decisión llegó en un momento en que la empresa dependía profundamente de teléfonos y sistemas operativos controlados por otras compañías, especialmente Apple y Google, y aspiraba a participar directamente en la construcción de la siguiente plataforma informática a través de realidad virtual, realidad aumentada, dispositivos portables y nuevos entornos digitales. Reality Labs se convirtió en el vehículo financiero de esa apuesta y las cifras comenzaron a crecer rápidamente.

La división registró pérdidas operativas de USD 4.503 millones en 2019, USD 6.623 millones en 2020 y USD 10.193 millones en 2021. Después llegaron USD 13.717 millones en 2022, USD 16.120 millones en 2023, USD 17.729 millones en 2024 y USD 19.193 millones durante 2025. En siete años, las pérdidas operativas acumuladas superaron los US$88.000 millones, una cantidad superior al valor bursátil completo de muchas grandes compañías y una demostración de hasta dónde puede llegar una empresa cuando su negocio principal produce suficiente efectivo para financiar investigación, hardware e infraestructura durante años sin necesidad de demostrar rentabilidad inmediata.

El resultado hasta ahora ha estado lejos de la escala económica del negocio publicitario. Reality Labs produjo apenas unos pocos miles de millones de dólares de ingresos anuales mientras acumulaba pérdidas mucho mayores, y Meta comenzó a moderar algunas de las expectativas que habían acompañado al metaverso durante 2021 y 2022. La compañía continuó invirtiendo en realidad virtual, realidad aumentada y gafas inteligentes, pero durante los siguientes años otra tecnología comenzó a absorber una proporción cada vez mayor de la atención de Zuckerberg, del talento técnico y, sobre todo, del presupuesto.

La inteligencia artificial apareció inicialmente como una herramienta para mejorar sistemas que Facebook ya utilizaba. Los modelos podían recomendar contenido con mayor precisión, encontrar publicaciones relevantes, optimizar anuncios y aumentar el tiempo que los usuarios permanecían dentro de Instagram y Facebook. Después de la explosión de la inteligencia artificial generativa, la ambición creció y Meta comenzó a desarrollar modelos propios, contratar investigadores, comprar cantidades enormes de capacidad computacional y construir centros de datos capaces de sostener cargas de procesamiento que habrían resultado impensables pocos años antes.

Las consecuencias pueden observarse directamente en las cuentas, pues Meta gastó USD 72.220 millones en capital durante 2025 y proyectó para 2026 entre USD 115.000 millones y USD 135.000 millones, un incremento impulsado por infraestructura destinada a Meta Superintelligence Labs y al negocio principal. La empresa también proyectó gastos totales de entre USD 162.000 millones y USD 169.000 millones, con infraestructura y remuneración del talento técnico entre las principales fuentes del aumento. La cifra coloca la nueva etapa de inversión en una dimensión distinta a la que tuvo Facebook durante la mayor parte de su historia y refleja cuánto ha cambiado la estructura económica de las grandes compañías tecnológicas desde que el negocio consistía principalmente en desarrollar software y distribuirlo sobre infraestructura ajena.

Muse y la búsqueda del próximo gran negocio

La siguiente pieza de esa estrategia apareció en 2026 con Muse, el agente personal de inteligencia artificial que Meta está desarrollando para ejecutar tareas en nombre del usuario. La propuesta lleva la IA más allá del modelo de chatbot que responde una pregunta y apunta hacia sistemas capaces de mantener contexto, utilizar aplicaciones, navegar por internet, completar formularios, organizar proyectos, gestionar compras o reservas y continuar trabajando mientras la persona realiza otras actividades.

La distribución vuelve a ocupar un lugar central en la estrategia: Muse puede integrarse con WhatsApp y aprovechar un ecosistema en el que Meta ya mantiene relaciones con miles de millones de personas, mientras su infraestructura de inteligencia artificial se conecta gradualmente con dispositivos como las gafas inteligentes. En comercio, la compañía también está explorando la posibilidad de que estos agentes puedan participar en transacciones, una evolución que podría abrir nuevas fuentes de ingresos alrededor de pagos, recomendaciones, comercio y servicios digitales si los consumidores terminan delegando una parte relevante de sus decisiones cotidianas a sistemas autónomos.

Para los inversionistas, la llegada de Muse ocurre mientras el negocio que financia toda esta expansión continúa mostrando una enorme capacidad para crecer. Meta cerró 2025 con USD 200.966 millones de ingresos, 22% más que el año anterior, y un beneficio operativo de USD 83.276 millones. Durante ese mismo ejercicio devolvió USD 26.260 millones a los accionistas mediante recompras y otros USD 5.320 millones mediante dividendos, al mismo tiempo que destinaba USD 72.220 millones a inversiones de capital. Pocas compañías tienen suficiente generación de caja para sostener simultáneamente esos tres movimientos: remunerar accionistas, mantener inversiones extraordinarias en infraestructura y financiar negocios que todavía producen pérdidas de miles de millones de dólares.

La estructura de control creada durante la salida a bolsa también continúa siendo relevante porque Zuckerberg conserva una influencia extraordinaria sobre el destino de ese capital. Las acciones Clase B, que originalmente otorgaban diez votos por acción frente a un voto para las Clase A, permitieron preservar el control del fundador incluso después de incorporar millones de accionistas públicos. Durante los años siguientes ese poder facilitó decisiones que requieren horizontes largos y una tolerancia considerable al riesgo, desde pagar miles de millones por WhatsApp cuando apenas monetizaba a sostener Reality Labs durante años mientras las pérdidas se acumulaban.

La trayectoria completa de Facebook ofrece así una ventana particularmente útil para entender cómo cambia la administración financiera de una empresa tecnológica a medida que crece. En 2004 la preocupación era conseguir suficiente dinero para pagar servidores y contratar empleados; en 2007 podía vender 1,6% de la empresa a Microsoft por USD 240 millones; en 2012 Wall Street le permitió levantar miles de millones y otorgó liquidez a sus accionistas; después la apreciación de sus acciones convirtió ese equity en una moneda útil para adquirir otras compañías y, cuando el negocio publicitario alcanzó suficiente escala, la empresa comenzó a financiar su expansión fundamentalmente con el efectivo producido por sus propias operaciones.

Veintidós años después, la cuestión financiera alrededor de Meta se ha desplazado hacia el retorno que podrá obtener sobre cantidades de capital cada vez mayores. Los USD 1.000 millones asociados con la compra de Instagram, que parecieron extraordinarios en 2012, representan menos del 1% del rango superior de inversión de capital que Meta espera ejecutar únicamente durante 2026. Los USD 19.000 millones asociados inicialmente con WhatsApp equivalen a una fracción de lo que la compañía puede invertir actualmente en infraestructura durante un solo ejercicio. Incluso los más de USD 88.000 millones de pérdidas operativas acumuladas por Reality Labs desde 2019 deben observarse junto a una Family of Apps capaz de generar más de USD 100.000 millones de beneficio operativo en un año.

Ese cambio de escala es probablemente el elemento más importante de toda la historia empresarial de Facebook, ya que Zuckerberg comenzó administrando escasez de capital y terminó administrando abundancia, una posición que abre posibilidades extraordinarias y al mismo tiempo eleva el costo potencial de cada decisión equivocada. Instagram mostró cuánto valor puede crearse cuando una compañía identifica temprano hacia dónde se desplaza el comportamiento de sus usuarios; WhatsApp amplió la presencia de Facebook hacia la comunicación privada global; Reality Labs expuso el precio de intentar construir una nueva plataforma antes de que exista una adopción masiva y la inteligencia artificial está llevando a Meta hacia un ciclo de inversión que puede superar todo lo anterior.

Muse entra en escena en ese punto de la historia, de hecho en septiembre 2026 fue su lanzamiento en EE.UU. y días después de abrió en Canadá, y su importancia financiera dependerá menos del entusiasmo inicial que de lo que consiga producir sobre una infraestructura que está costando decenas de miles de millones de dólares, ya sea aumentando el valor de la publicidad, creando servicios pagados, impulsando comercio, fortaleciendo WhatsApp como plataforma empresarial o abriendo categorías de ingresos que todavía no aparecen de manera significativa en las cuentas. Meta tiene distribución, efectivo, infraestructura y una base de usuarios que pocas empresas pueden igualar; ahora debe demostrar qué rentabilidad puede extraer de una de las mayores inversiones tecnológicas de su historia.

Para quien observa la compañía desde el mercado de capitales, esa será una de las cifras decisivas de los próximos años, ya que Facebook comenzó necesitando convencer a inversionistas para financiar su crecimiento y terminó generando suficiente dinero para financiar sus propias apuestas. La transformación que empezó en una habitación de Harvard ha llevado a Meta hasta un punto en el que puede gastar más de USD 100.000 millones al año intentando anticipar cómo utilizaremos la tecnología durante la próxima década. La pregunta que acompaña a Zuckerberg desde sus primeras rondas de capital sigue siendo esencialmente la misma, aunque ahora tenga muchos más ceros: cuánto valdrá mañana aquello en lo que está invirtiendo hoy.

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