Cuando escuchas “Copa Mundial de la FIFA™”, seguramente piensas en goles, hinchadas, banderas y emoción. Pero detrás del pitazo inicial, se juega otro partido: uno de cifras, contratos, estadios, vuelos y pantallas. En el terreno financiero, este torneo es la Champions League de los negocios: infraestructura, turismo, derechos, alianzas… y todas las piezas convergen para mover millones de dólares. Vamos a adentrarnos en ese partido, repasar los últimos cuatro mundiales y descifrar quién marca gol: ¿el país anfitrión o los espectadores del mundo?
Cuando el fútbol mueve la economía: el impacto del Mundial en el PIB según Marco Mello
El fútbol no solo mueve pasiones; también mueve economías. Eso es precisamente lo que demuestra el estudio del economista Marco Mello, titulado “A kick for the GDP: the effect of winning the FIFA World Cup”, realizado en la School of Economics de la Universidad de Surrey. Este trabajo académico, basado en datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) desde 1961, analiza si ganar una Copa del Mundo realmente impulsa el crecimiento económico de un país, como suelen afirmar los medios cada cuatro años.
Para medir ese efecto, Mello emplea dos herramientas estadísticas avanzadas: un diseño de estudio de eventos (event-study design) y una estrategia de diferencias sintéticas en diferencias (synthetic difference-in-difference strategy). Dicho de forma simple, comparó la evolución del PIB de los países campeones con una versión “gemela” o sintética de sí mismos (un modelo hipotético con condiciones similares) para aislar el efecto de haber ganado el Mundial frente a los factores económicos normales.
El resultado es claro: ganar una Copa del Mundo incrementa el PIB de un país en al menos 0,25 puntos porcentuales durante los dos trimestres siguientes al torneo. Es decir, si un país tiene un crecimiento proyectado del 2% anual, tras levantar la copa podría alcanzar el 2,25% —un efecto pequeño, pero real y estadísticamente significativo. ¿De dónde proviene este impulso? Según el análisis, no se trata de un aumento inmediato del consumo interno o la inversión pública, sino de un efecto reputacional y comercial. Tras un triunfo mundialista, los productos y servicios del país campeón adquieren un “brillo internacional” que incrementa sus exportaciones. En otras palabras, el país gana atractivo: sus marcas, su imagen, su cultura y hasta su turismo se revalorizan.
Mello lo explica como un “efecto halo”: el triunfo deportivo genera orgullo nacional, confianza de los consumidores y una percepción internacional más positiva. Las empresas exportadoras se benefician de esa ola de prestigio, y el comercio exterior crece temporalmente. El estudio destaca, por ejemplo, que tras ganar Alemania Occidental en 1974 y 1990 o Francia en 1998, se registraron picos de exportaciones y actividad industrial. Sin embargo, el estudio también deja una conclusión importante: organizar el Mundial no tiene el mismo efecto. Ser anfitrión —como Brasil en 2014 o Sudáfrica en 2010— implica grandes inversiones en infraestructura, turismo y visibilidad, pero no genera un aumento estadísticamente significativo en el PIB del país. Los beneficios suelen ser temporales, concentrados en el sector servicios y construcción, y muchas veces se compensan con el gasto público realizado.
En resumen, Mello demuestra que ganar el Mundial sí da un pequeño empujón al PIB, mientras que organizarlo no garantiza crecimiento económico sostenido. Es un gol simbólico para la economía: breve, pero suficiente para recordarnos que el fútbol, más allá de lo emocional, tiene la capacidad de activar el orgullo nacional y hacer que un país entero —por un momento— se sienta más fuerte, incluso en sus números.

La Tabla 1 del estudio “A kick for the GDP: the effect of winning the FIFA World Cup” resume la muestra analizada por el economista Marco Mello, quien utilizó datos trimestrales del PIB desde 1961 de los países que han albergado o ganado una Copa del Mundo. En ella se observa la lista de los torneos, el país anfitrión y el país campeón, junto con el punto de partida de sus series de PIB (denotado como GDP start) y si dichos registros fueron incluidos en el análisis (in-sample). Esta base de datos permitió comparar el comportamiento económico de cada nación antes y después de organizar o ganar el Mundial, utilizando información consistente y comparable de la OCDE. Por ejemplo, se incluye a países como Alemania Occidental, Brasil, Italia, Francia, España o México, con datos suficientes para estudiar el efecto de estos eventos sobre su crecimiento. El propio Mello aclara que, en el caso de Brasil, la serie de PIB se inicia en 1998, cuatro años después de su victoria de 1994, mientras que para Inglaterra se emplea la serie económica del Reino Unido en su conjunto. Esta tabla es clave porque establece la cancha de juego del análisis: un registro histórico que abarca más de medio siglo de mundiales y permite medir con rigor si el triunfo o la organización de la Copa realmente deja una huella económica medible en el PIB.
En el tablero del PIB, levantar la Copa del Mundo equivale a marcar un gol en tiempo extra: no cambia toda la historia, pero sí deja huella en el marcador global.
Infraestructura: montar el estadio, levantar el país
Cada mundial exige un “estadio listo para final”, unas sedes listas para semifinal, un sistema de transporte que no se quede en el vestuario, y una logística digna de final. Por ejemplo, para el torneo de 2026, la Copa Mundial de la FIFA 2026™ que se jugará en EE.UU., Canadá y México, se estima un impacto de hasta USD 40.900 millones en PIB sólo por ese torneo. Las sedes de Los Ángeles para 2026, por ejemplo, estiman más de USD 500 millones de impacto directo para el condado.
El trade-off es evidente: se invierte mucho —estadios, infraestructura, transporte, alojamiento— con la esperanza de recuperar vía turismo, consumo y visibilidad. En algunos casos, el país anfitrión se convierte en “el local ganador” del día de apertura… pero en otros, los costos superan los ingresos.
Turismo y gasto del espectador: hinchada que llena tribunas y hoteles
El balón vuelve al juego con turistas que llegan al país anfitrión, hospedaje, restaurantes, transporte, souvenirs. Estimaciones para 2026 muestran que solo en la región de NY-NJ puede haber un impulso de US$ 3.300 millones por el torneo. Y en Canadá, se anticipan US$ 3.8 mil millones de “producción económica positiva” por albergar partidos del mundial.
Pero ojo: aunque el anfitrión recibe el “pack completo” de visitantes, parte del gasto lo realizan fans de otros países, parte del prestigio se traduce en mediano/largo plazo y parte del gasto se desvía hacia los grandes operadores internacionales.
Derechos de transmisión y patrocinio: el juego televisivo global
El otro gran gol se marca frente a la pantalla. Los derechos de transmisión, publicidad y alianzas globales mueven miles de millones. Para la FIFA Club World Cup 2025™ y la Copa Mundial de la FIFA 26™, se estimó un rendimiento económico global de unos USD 47.000 millones. En el 2018, la copa de Rusia generó unos USD 2.8 mil millones sólo en derechos de emisión, un aumento respecto a 2014. Este tipo de ingresos no siempre quedan en el país sede. La mayoría son percibidos por la organización (FIFA) y por distribuidores internacionales, lo que significa que gran parte del beneficio financiero circula fuera del anfitrión.
Merchandising, licencias y alianzas: camisetas que valen oro
La fiebre del mundial también se juega fuera de la cancha: camisetas, gorras, balones, licencias… Según distintos estudios, el valor de marca de los clubes y las federaciones aumenta con la exposición mundial que genera un torneo. Pero ¿el país anfitrión se queda con ese “boletín de ganancias”? No siempre. Muchas licencias son gestionadas por compañías internacionales, lo que reduce lo que devuelve directamente al país local.
¿Quién gana realmente? Países anfitriones vs globales
El partido entra en su fase decisiva: ¿Gana el país que organiza o gana todo el mundo?
País anfitrión: recibe hoteles ocupados, transporte movilizado, visibilidad internacional. Pero también asume el costo de construir estadios, infraestructura y riesgos de no reutilización. Por ejemplo, un análisis de 2022 para Catar estimó que el torneo contribuyó cerca del 1% del PIB en el corto plazo. Pero otros expertos señalan que muchos beneficios son temporales o que los costos de la infraestructura pueden dejar “estancias vacías” tras el torneo.
Beneficiarios globales: compañías de medios, patrocinadores, licencias, broadcasters, plataformas digitales, grandes clubes. Se quedan con las ganancias que trascienden fronteras. Por ejemplo, los derechos de televisión tienen valor mundial: no dependen del lugar donde se juegue.
En resumen: el país anfitrión puede anotar un gol económico si planifica bien, reutiliza la infraestructura, y maximiza el turismo y el legado. Pero el equipo visitante (las grandes corporaciones globales) muchas veces se lleva el trofeo mayor.
Últimos cuatro mundiales: resumen rápido
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- Brasil 2014: gran inversión en infraestructura, pero controversia sobre legado y beneficios reales.
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- Rusia 2018: derechos de transmisión récord, pero cuestionamientos sobre costos y reutilización de estadios.
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- Catar 2022: gasto enorme (~US$ 200 mil millones algunas estimaciones) aún con efectos inciertos para el PIB local.
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- Estados Unidos/Canadá/México 2026: con escala mayor a 48 equipos, se anticipa uno de los mayores impactos globales, pero también grandes desafíos de coordinación.
Escala de los clubes: ¿subir de ronda hace que valgan más?
Sí. Para los clubes de fútbol, avanzar a semifinales o finales implica mayores premios, mayor exposición mediática, y valor de marca al alza. Por ejemplo, en la UEFA Champions League, llegar a semifinales ya asegura decenas de millones de euros en premios. Además, estudios indican que el valor de un club (como negocio) se basa en flujos futuros esperados —y avanzar en torneos incrementa esos flujos. Así, aunque el club no sea “anfitrión” en el sentido de país, también “gana el título” en valor económico.
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