Estamos ya en época, o casi, de planificaciones estratégicas en empresas, de cara al 2027. Seguro habrá empresas pensando en IA, nuevas tecnologías, mejorar procesos, pero ¿habrá algunas planificando sobre el fenómeno del Niño, y sus posibles estragos en la economía de las empresas, y del mismo país?
Durante años Ecuador ha aprendido a pensar en El Niño como una emergencia climática asociada a imágenes de carreteras destruidas, barrios inundados, ríos desbordados y cultivos bajo el agua, pero para el sector empresarial esa lectura resulta incompleta porque un fenómeno de esta naturaleza es también un shock económico capaz de interrumpir cadenas de abastecimiento, reducir producción, encarecer la logística, deteriorar inventarios y obligar a las compañías a utilizar caja para resolver problemas que pocas semanas antes no figuraban en ningún presupuesto. En septiembre de 2026 esa discusión ha dejado de ser exclusivamente meteorológica, pues el Banco Central del Ecuador incorporó por primera vez en su programación macroeconómica reciente escenarios específicos para medir el impacto potencial de El Niño y estima que, frente a su escenario base, un evento moderado podría reducir el crecimiento de 2027 en 0,5 puntos porcentuales mientras uno fuerte podría restarle 1,4 puntos; mientras el BCE es cuidadoso al señalar que estos cálculos no constituyen una predicción sobre la intensidad que finalmente tendrá el fenómeno sino un ejercicio de sensibilidad, una distinción fundamental porque hablar de riesgo no significa afirmar que el peor escenario necesariamente ocurrirá.
Las señales que justifican la preocupación, sin embargo, existen. El Comité Nacional ERFEN reportó en agosto anomalías de temperatura superficial del mar cercanas a 2,3 °C en la región Niño 3.4 y de hasta 4,1 °C en Niño 1+2 y señaló que las condiciones oceánicas mostraban similitudes relativas con los eventos de 1997-1998 y 2023-2024, aunque advirtió expresamente que esa comparación no significa que la intensidad, duración o impactos vayan a ser equivalentes. Esa última frase debería acompañar cualquier conversación empresarial sobre El Niño porque la historia sirve para entender vulnerabilidades pero no para convertirlas automáticamente en pronósticos. Lo que sí sabemos es que Ecuador está particularmente expuesto a este tipo de eventos por una combinación incómoda de geografía, concentración productiva en la Costa, dependencia de corredores viales vulnerables y una economía exportadora en la que buena parte de sus productos estrella depende directamente del clima y del océano.
La dimensión económica se entiende mejor mirando hacia atrás. El Niño de 1997-1998 produjo pérdidas estimadas en alrededor de USD 2.869 millones en Ecuador y los sectores productivos concentraron aproximadamente USD 1.515 millones, equivalentes al 52,8% del impacto total según datos históricos recogidos en los análisis actuales. Estudios de CEPAL sobre aquel episodio documentaron la magnitud de los daños económicos y sociales y estimaciones posteriores situaron el impacto alrededor del 13,6% del PIB de entonces. Pero quizá el dato más importante para un gerente no sea cuánto se destruyó sino cuánto se dejó de producir. Análisis presentados este año por especialistas de ESPOL recuerdan que durante aquel episodio una parte sustancial de la factura empresarial provino de la paralización, los sobrecostos y los ingresos que nunca llegaron a generarse. En otras palabras una planta puede sobrevivir físicamente a una inundación y aun así sufrir financieramente porque sus trabajadores no llegan, el proveedor no entrega, la carretera está cerrada o el producto terminado no puede alcanzar el puerto.
Agricultura: donde el clima se convierte rápidamente en balance financiero
El primer frente empresarial está en el campo. Banano, cacao, arroz, maíz y otros cultivos pueden enfrentar problemas muy diferentes dependiendo de la zona y de la intensidad de las precipitaciones pero el exceso de humedad puede provocar inundaciones, dificultades para cosechar, enfermedades y hongos, deterioro de caminos rurales y pérdidas de productividad. El riesgo adquiere otra dimensión cuando se observa la estructura exportadora ecuatoriana. Solo en 2025 el camarón se consolidó como el principal producto de exportación del país y cacao y banano ocuparon posiciones centrales entre los productos no petroleros, de manera que una afectación productiva importante no terminaría en la finca sino que podría trasladarse a exportadores, transportistas, proveedores, trabajadores y finalmente a la entrada de divisas. El Gobierno ha llegado a trabajar con escenarios extremos de afectación de hasta dos millones de hectáreas agrícolas, una cifra que debe entenderse precisamente como eso, un escenario de riesgo y no como una pérdida que ya haya ocurrido.
Para las empresas agrícolas prepararse significa dejar de pensar únicamente en asegurar el cultivo. Hay que mapear drenajes y zonas históricamente inundables, revisar caminos alternativos para sacar producción, identificar proveedores críticos de fertilizantes, empaques y combustible, adelantar mantenimiento de bombas y sistemas eléctricos y revisar las condiciones reales de las pólizas de seguro porque tener un seguro no necesariamente significa que cada tipo de interrupción esté cubierto. También es razonable construir escenarios de caja en los que una empresa pueda operar varias semanas con menores ingresos o mayores costos. La pregunta útil no es solamente cuánto podría perder una hectárea sino cuántos días puede funcionar una compañía si simultáneamente vende menos y gasta más.
Camarón y pesca: cuando el riesgo llega desde el océano
La acuicultura merece una atención particular porque su importancia económica ha crecido extraordinariamente. En los primeros diez meses de 2025 las exportaciones de camarón alcanzaron USD 6.948,5 millones y representaron alrededor del 22,8% de todas las exportaciones ecuatorianas, por encima incluso del agregado de petróleo crudo y derivados durante ese período. El calentamiento del océano no tiene un efecto uniforme sobre todas las especies y por eso sería incorrecto asumir que El Niño significa automáticamente una caída de toda la actividad pesquera o camaronera, pero sí modifica condiciones biológicas y oceanográficas mientras las lluvias intensas pueden afectar salinidad, infraestructura de piscinas, muros, estaciones de bombeo, vías de acceso y suministro eléctrico. Para una industria que opera con grandes volúmenes y cadenas de frío cualquier interrupción logística puede convertirse rápidamente en un problema financiero.
Aquí la mitigación requiere monitoreo técnico constante de temperatura, oxígeno, salinidad y parámetros sanitarios además de reforzar infraestructura vulnerable, asegurar generación eléctrica de respaldo y revisar rutas para movilizar alimento balanceado y producto terminado. Las empresas más sofisticadas deberían incorporar estos indicadores climáticos dentro de sus tableros de riesgo de la misma manera que monitorean precios internacionales o costos de alimento porque en un evento extremo el clima deja de ser una externalidad y pasa a ser una variable operacional.
Transporte, comercio e industria: el verdadero riesgo puede estar en la carretera
Para buena parte del sector empresarial el impacto de El Niño llegará indirectamente. Una compañía ubicada en una zona que nunca se inunda puede verse obligada a detener producción porque un insumo no llegó. Un supermercado puede tener el local abierto pero enfrentar problemas de abastecimiento. Un exportador puede cumplir con su producción y aun así perder una ventana de embarque porque la carga no alcanzó el puerto; y es que el sistema vial ecuatoriano conecta centros agrícolas, plantas industriales, ciudades y puertos a través de corredores donde lluvias, deslizamientos e inundaciones pueden crear cuellos de botella y ahí aparece uno de los conceptos que deberían dominar los comités ejecutivos durante los próximos meses: continuidad operacional.
La respuesta empresarial pasa por identificar proveedores de los que existe una dependencia excesiva, mantener inventarios estratégicos de insumos realmente críticos, contratar alternativas logísticas antes de necesitarlas y definir qué decisiones pueden tomarse sin esperar una reunión extraordinaria del directorio. También conviene identificar dónde están físicamente los principales clientes, proveedores, bodegas y colaboradores y cruzar esa información con mapas de amenazas. El objetivo no es acumular inventario indiscriminadamente sino saber qué elemento, si falta durante cinco días, puede detener toda la operación.
Energía y manufactura: una vulnerabilidad menos intuitiva
Existe además un riesgo energético que requiere una lectura más cuidadosa. El Niño no produce exactamente las mismas condiciones hidrológicas en todo Ecuador y lluvias abundantes en la Costa no implican necesariamente abundancia de agua en todas las cuencas que alimentan al sistema hidroeléctrico. En septiembre el Gobierno informó que aumentó el despacho de diésel 2 para industrias que participan voluntariamente en esquemas de autogeneración, precisamente como preparación y para contribuir al manejo de los embalses. Para empresas manufactureras intensivas en energía esto convierte la continuidad eléctrica en otra variable que debe formar parte del plan de contingencia.
Generadores probados bajo carga, contratos de combustible, mantenimiento preventivo, identificación de procesos que pueden detenerse sin destruir producto y protocolos de reinicio son decisiones relativamente sencillas cuando se toman con anticipación y extremadamente costosas cuando se improvisan durante una emergencia. Una fábrica debería saber hoy cuántas horas puede operar sin red eléctrica y cuánto cuesta cada hora adicional de autonomía.
Turismo, construcción y servicios tampoco están fuera del mapa
Hoteles, restaurantes, constructoras, centros comerciales y empresas de servicios pueden no perder producción agrícola pero sí clientes, jornadas laborales y accesibilidad. Una temporada de lluvias intensas puede reducir desplazamientos, cancelar reservas, retrasar obras y elevar costos de construcción mientras inundaciones urbanas afectan inventarios y equipos. Guayaquil ya ofrece una señal de la anomalía de este año: durante los primeros 14 días de septiembre la estación del aeropuerto registró 25,6 milímetros de lluvia, aproximadamente 36 veces su promedio histórico para ese período según datos reportados por INAMHI. Eso no permite concluir por sí solo cómo será toda la temporada pero sí demuestra por qué las empresas no deberían esperar hasta diciembre para comenzar a prepararse.
El riesgo que termina llegando a la caja
El punto de conexión entre todas estas industrias es financiero. Ecuador llega a este episodio con una economía que el BCE espera que crezca 2,7% en 2026, con consumo de los hogares aumentando 3,3%, inversión 5,8% y exportaciones de bienes y servicios 3,8%. Las exportaciones alcanzaron además un récord trimestral de USD 10.177 millones entre abril y junio de 2026. Es precisamente porque existe una economía que está creciendo y un sector exportador dinámico que un shock climático importa tanto. El escenario fuerte elaborado por el BCE podría restar 1,4 puntos porcentuales al crecimiento previsto para 2027 y detrás de esa cifra abstracta existirían empresas produciendo menos, costos aumentando y hogares enfrentando potenciales presiones sobre precios e ingresos.
Prepararse tampoco significa asumir que ocurrirá una catástrofe. Significa administrar probabilidades. Una empresa ecuatoriana debería entrar al último trimestre de 2026 con al menos tres escenarios financieros -normal, afectación moderada y afectación severa- y conocer de antemano cuánto capital de trabajo necesita en cada uno, qué inversiones puede posponer, qué inventarios debe proteger, cuáles proveedores no tienen sustituto y qué nivel de endeudamiento adicional podría soportar. También debería revisar coberturas de seguros, respaldos de información, trabajo remoto, proveedores alternativos y protocolos de comunicación con empleados y clientes. Son decisiones que cuestan relativamente poco antes de una emergencia y muchísimo después.
El Niño tiene una característica incómoda para los negocios: no necesita destruir una empresa para dañarla. Basta con impedirle operar durante suficiente tiempo. Esa probablemente sea la principal lección que dejó 1997-1998 y la razón por la que el debate de 2026 debería trascender las predicciones meteorológicas. Nadie puede saber todavía con precisión cuánto lloverá sobre cada ciudad, qué carretera será interrumpida o qué cultivo enfrentará la mayor pérdida y las propias autoridades insisten en que los escenarios no deben interpretarse como predicciones deterministas. Lo que sí puede saber una empresa es cuánto efectivo tiene, cuánto tiempo puede operar sin determinado proveedor, qué activos están expuestos, qué alternativas logísticas existen y quién tiene autoridad para activar un plan de contingencia.
Para Ecuador El Niño 2026-2027 será una prueba climática, pero para sus empresas será sobre todo una prueba de planificación. El clima no puede controlarse, pero la exposición financiera y operacional, al menos parcialmente, sí.















