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El Niño no es solo un fenómeno climático: es un riesgo económico que Ecuador debe anticipar

El Niño no es solo un fenómeno climático: es un riesgo económico que Ecuador debe anticipar

Hablar del fenómeno de El Niño en Ecuador es hablar de agricultura, empleo, precios, exportaciones, infraestructura y finanzas públicas, porque sus efectos no terminan cuando deja de llover, sino que se transmiten durante meses a través de toda la economía, desde la pérdida de una cosecha hasta el aumento del precio de los alimentos, la interrupción de una carretera, el deterioro de la capacidad de pago de los productores y la necesidad de destinar recursos públicos a atender emergencias que pudieron mitigarse mediante una preparación oportuna.

Ecuador se encuentra ante un escenario que exige vigilancia permanente durante el segundo semestre de 2026 y los primeros meses de 2027. Las señales observadas en el océano Pacífico muestran un calentamiento que podría modificar el comportamiento de las lluvias, especialmente en la región Litoral. La información internacional disponible hasta el 13 de agosto incluso elevó el nivel de atención: el Centro de Predicción Climática de la NOAA, estudia el calor, la lluvia y fenómenos grandes mantiene una advertencia de El Niño, señala que el evento se está fortaleciendo y estima una probabilidad superior al 90 % de que alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño y el invierno del hemisferio norte de 2026-2027. En julio, el agua del océano Pacífico estuvo más caliente de lo habitual: en la zona central del Pacífico la temperatura fue 1,4 °C superior al promedio, mientras que en la región más cercana a las costas de Ecuador y Perú el aumento llegó a 2,9 °C. Este calentamiento es importante porque puede aportar más humedad a la atmósfera y favorecer lluvias intensas; sin embargo, no significa que lloverá con la misma fuerza en todo Ecuador, pues el impacto dependerá de las condiciones de cada territorio, como el comportamiento de los vientos, los ríos, el suelo y los sistemas de drenaje, como lo indica NOAA Climate Prediction Center.

Esta precisión es fundamental para evitar dos errores igualmente peligrosos: ignorar las señales hasta que se produzca una emergencia o asumir que todo el país experimentará exactamente las mismas condiciones. El Niño es un sistema dinámico en el que interactúan el océano y la atmósfera, por lo que el calentamiento del mar debe analizarse junto con las precipitaciones, el nivel de los ríos, la humedad del suelo, los vientos, la saturación de las cuencas y la capacidad de drenaje de cada territorio.

El Comité Nacional para el Estudio Regional del Fenómeno El Niño, conocido como ERFEN, es el grupo oficial que reúne a las instituciones técnicas del Ecuador encargadas de vigilar el océano, la atmósfera, las lluvias y sus posibles efectos en el país. En junio, este comité detectó que el Pacífico se estaba calentando, especialmente en la zona más cercana a Ecuador y Perú. También observó que los vientos que normalmente ayudan a mover y enfriar las aguas superficiales estaban perdiendo fuerza, lo que permite que se acumule más calor frente a la costa ecuatoriana. Estas señales aumentan el riesgo de lluvias intensas, pero no significan que las inundaciones ocurrirán automáticamente, porque para que eso suceda el calor del océano debe combinarse con determinadas condiciones atmosféricas y climáticas sobre el territorio nacional, como explica INOCAR – Boletín ERFEN)(INOCAR – Boletín ERFEN.

Un riesgo climático con consecuencias productivas

La necesidad de monitorear El Niño adquiere una dimensión especial porque Ecuador posee una economía estrechamente vinculada con el campo y con las actividades que dependen de los recursos naturales. La agricultura no solamente produce alimentos para el consumo interno, sino que sostiene cadenas de transporte, comercio, procesamiento, almacenamiento y exportación, además de generar ingresos para miles de familias rurales.

Entre enero y mayo de 2026, las exportaciones no petroleras ecuatorianas alcanzaron USD 12.233 millones. El camarón representó el 31,8 % de ese valor, el banano y el plátano el 16,5 % y el cacao y sus elaborados el 6,7 %, lo que demuestra que una parte importante de la generación de divisas depende de actividades expuestas a cambios de temperatura, lluvias, enfermedades, alteraciones en la calidad del agua y problemas logísticos, según datos del Banco Central del Ecuador.

Cuando una inundación destruye un cultivo, el daño económico no se limita al valor de la producción perdida. El agricultor deja de recibir ingresos, pero conserva deudas, salarios, alquileres y obligaciones con proveedores. El transportista pierde recorridos, la planta procesadora recibe menos materia prima, el exportador enfrenta retrasos y el sistema financiero observa un aumento del riesgo de impago. Si además se dañan carreteras, puentes o sistemas de riego, los costos se multiplican y la recuperación puede extenderse durante varias temporadas productivas.

En el escenario territorial planteado, Guayas, Los Ríos y El Oro presentan una afectación potencial alta, Esmeraldas una exposición media y Manabí una afectación estimada menor. Estas provincias concentran cultivos, actividades acuícolas, infraestructura logística y corredores comerciales de importancia nacional. Por ello, una interrupción localizada puede tener consecuencias más amplias sobre el abastecimiento de mercados, los precios internos y la capacidad exportadora del país.

De la cosecha perdida a la inflación

Uno de los efectos más sensibles de El Niño puede aparecer en el costo de vida. Las lluvias excesivas reducen rendimientos, deterioran productos, dificultan la cosecha y encarecen el transporte. Una menor oferta de arroz, maíz, plátano, frutas, hortalizas u otros alimentos puede traducirse en precios más altos para los hogares, especialmente cuando las vías rurales impiden que la producción disponible llegue a los centros de consumo.

Este fenómeno afecta con mayor fuerza a las familias de menores ingresos, porque destinan una proporción más elevada de su presupuesto a alimentos. Por eso, una crisis agrícola también puede convertirse en un problema de seguridad alimentaria y de desigualdad: el mismo incremento de precios que resulta manejable para un hogar con ingresos estables puede obligar a otro a reducir la calidad o la cantidad de su alimentación.

La presión también llega al Estado. Una emergencia de gran magnitud exige recursos para albergues, reconstrucción vial, atención sanitaria, rehabilitación de escuelas, apoyo a productores y reparación de sistemas de agua. Al mismo tiempo, la caída de la actividad económica puede reducir la recaudación tributaria. El resultado es una combinación compleja de mayores gastos y menores ingresos públicos.

La historia demuestra que anticiparse cuesta menos

Los episodios de 1972-1973, 1982-1983 y 1997-1998 dejaron inundaciones, pérdidas productivas y daños severos en infraestructura, principalmente en el Litoral y en territorios ubicados por debajo de los 1.500 metros sobre el nivel del mar. La evaluación realizada por la CEPAL sobre el evento de 1997-1998 documentó que sus consecuencias excedieron ampliamente al sector agrícola y alcanzaron la infraestructura, los servicios, el comercio y las condiciones sociales del país, según CEPAL.

Prepararse no significa asegurar que ocurrirá el peor escenario, sino administrar racionalmente una amenaza cuya probabilidad y costo potencial son elevados. Para los productores implica revisar drenajes, proteger insumos, ajustar calendarios de siembra, identificar rutas alternativas, controlar enfermedades, asegurar reservas de alimento para animales y conservar liquidez. Para las empresas significa evaluar la ubicación de proveedores, inventarios, seguros, contratos, transporte y planes de continuidad. Para el Estado supone limpiar canales, reforzar puntos críticos, mantener maquinaria disponible, proteger infraestructura y coordinar alertas que lleguen a tiempo a las comunidades.

Vigilar para tomar mejores decisiones

El monitoreo económico debe acompañar al climático. No basta con observar la temperatura de las regiones Niño 3.4 y Niño 1+2; también es necesario seguir las precipitaciones acumuladas, los caudales, la humedad del suelo, el estado de las vías, las áreas sembradas, las enfermedades agrícolas, los precios mayoristas y el acceso de los productores a crédito. La iniciativa de INAMHI para modernizar la difusión de sus boletines busca precisamente transformar la información climática en decisiones territoriales oportunas, indica INAMHI.

Entender El Niño no consiste en adivinar cuántos milímetros lloverán dentro de varios meses, sino en reconocer cómo una señal oceánica puede convertirse en un riesgo para la producción, los ingresos y el patrimonio. En un país agrícola como Ecuador, la información climática es también información económica. Vigilarla permite proteger cosechas, sostener empleos, reducir pérdidas, preservar la estabilidad de precios y evitar que un fenómeno natural se transforme en una crisis social y financiera de mayor escala.

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