Hace unas semanas me subí a un Uber en Quito. Al volante iba un hombre de casi 80 años con sus manos, arrugadas y ligeramente temblorosas, se aferraban al timón con una mezcla de oficio y cansancio. Manejar le tomaba más tiempo; cada giro era medido. Durante el trayecto conversamos. Me dijo que le gusta conducir, que disfruta hablar con la gente, pero que, si pudiera elegir, estaría en su casa, descansando. No lo hace porque quiera seguir trabajando, sino porque la pensión que recibe no le alcanza para vivir en esta economía. Conduce porque necesita completar sus ingresos; al bajarme, entendí que esa escena cotidiana era, en realidad, el retrato silencioso de un problema estructural.
En Ecuador, jubilarse ya no significa dejar de trabajar. Para cientos de miles de personas mayores de 65 años, el retiro se ha convertido en un concepto teórico, no en una etapa real de la vida. Las cifras más recientes del mercado laboral revelan una verdad incómoda: envejecer en el país implica, en muchos casos, seguir trabajando por necesidad y no por elección. Según la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (Enemdu) del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) 723.522 personas de 65 años y más se encuentran activas laboralmente, lo que representa el 8,7% de la población empleada. Más aún, cuatro de cada diez adultos mayores trabajan o buscan empleo, con una tasa de participación laboral del 38% a julio de 2024. Esta proporción no solo es elevada, sino que ha aumentado en el último año, reflejando un deterioro estructural de las condiciones de retiro en Ecuador.
Pensiones débiles, retiro frágil
El principal detonante de esta realidad es la insuficiencia del sistema de pensiones. En Ecuador, casi la mitad de los adultos mayores no recibe ningún ingreso, ni por trabajo ni por jubilación. Para quienes sí acceden a una pensión, el monto suele ser insuficiente para cubrir necesidades básicas como alimentación, vivienda y, especialmente, salud.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha señalado que la precariedad de los sistemas de pensiones en economías emergentes empuja a los adultos mayores a permanecer en el mercado laboral. Ecuador es un caso emblemático: solo una fracción mínima de los adultos mayores cuenta con protección efectiva del IESS, y esa cobertura se reduce drásticamente cuando se analiza la calidad del empleo.
Trabajar sí, pero en condiciones precarias
Trabajar después de los 65 años no implica estabilidad. El 81% de los adultos mayores ocupados en Ecuador lo hace en el sector informal, es decir, sin contrato, sin beneficios de ley y, en la mayoría de los casos, sin afiliación a la seguridad social. Apenas el 3% de estos trabajadores informales está afiliado al IESS, lo que los deja expuestos a riesgos económicos y de salud en la etapa más vulnerable de la vida, como explica Primicias.
El INEC clasifica como empleo informal a aquel que se desarrolla en negocios sin Registro Único del Contribuyente (RUC) o en empresas pequeñas. Esto implica ausencia de salario básico, vacaciones, décimos, cobertura médica y protección ante enfermedades o accidentes. En otras palabras, la vejez en Ecuador se sostiene sobre trabajos frágiles
Agricultura, informalidad y desgaste físico
El sector donde más trabajan los adultos mayores es también uno de los más exigentes físicamente. El 67% de los adultos mayores ocupados se concentra en la agricultura, ganadería, silvicultura y pesca, y de ese grupo, el 95% trabaja en la informalidad. Le siguen los servicios, el turismo, la manufactura y la construcción.
Esto significa que una gran parte de la población mayor continúa realizando labores intensivas en esfuerzo físico, muchas veces sin acceso a atención médica adecuada, justo cuando el cuerpo empieza a cobrar el desgaste acumulado de décadas de trabajo.
Ciudades donde envejecer también es trabajar
La informalidad en la tercera edad no es homogénea. En las principales ciudades del país, los datos muestran concentraciones relevantes de adultos mayores trabajando sin protección. Quito lidera con más de 14.000 adultos mayores en empleo informal, seguida por Machala, Ambato y Cuenca. Guayaquil, paradójicamente, presenta cifras menores, aunque no por ello menos preocupantes. Estas cifras revelan que el problema no es rural ni urbano: es estructural. La longevidad avanza más rápido que la capacidad del sistema para garantizar un retiro digno.
Empleo “adecuado”: una excepción, no la regla
Solo el 12,7% de los adultos mayores ocupados tiene un empleo considerado adecuado, es decir, con salario mínimo y jornada completa. En términos prácticos, apenas 13 de cada 100 adultos mayores que trabajan lo hacen en condiciones aceptables.
Esta tasa es significativamente menor a la de otros grupos poblacionales, como los jóvenes o los adultos en edad productiva, lo que confirma que el mercado laboral expulsa calidad a medida que avanza la edad.
Mujeres mayores: la doble vulnerabilidad
El envejecimiento laboral tiene rostro femenino. Las mujeres adultas mayores presentan menores ingresos, menor cobertura de seguridad social y mayores interrupciones laborales a lo largo de su vida, principalmente por trabajo no remunerado (cuidado del hogar y la familia). El resultado es predecible: más mujeres llegan a la vejez sin pensión, sin ahorros y con menor capacidad de generar ingresos. En muchos casos, dependen de trabajos informales de baja remuneración o del apoyo familiar, cuando existe.
El retiro privado: de lujo a necesidad
Este panorama obliga a replantear una idea profundamente arraigada en la cultura ecuatoriana: el retiro no puede depender únicamente del Estado. Planificar un retiro privado ya no es una aspiración elitista, sino una estrategia de supervivencia financiera. La esperanza de vida en Ecuador ronda los 78 años y continúa en aumento. Eso implica financiar entre 15 y 20 años de vida sin ingresos laborales estables. Al mismo tiempo, los costos de salud se incrementan exponencialmente a partir de los 60 años, y los seguros médicos privados pueden encarecerse hasta un 300%. Sin planificación previa, esa combinación es explosiva.
El poder del tiempo y del interés compuesto
La diferencia entre quienes llegan a la vejez con tranquilidad y quienes no lo logran suele estar en una sola variable: el tiempo. Ahorrar o invertir desde edades tempranas permite aprovechar el interés compuesto, ese mecanismo que hace que el dinero genere rendimientos sobre rendimientos. Un pequeño aporte mensual sostenido durante 25 o 30 años puede convertirse en un ingreso complementario clave en la jubilación. En cambio, intentar construir patrimonio a los 55 o 60 años es mucho más costoso y limitado.
Fondos de inversión y retiro: una herramienta subutilizada
En Ecuador existen instrumentos regulados que permiten construir un retiro privado de forma progresiva, diversificada y en dólares. Los fondos de inversión orientados a objetivos de largo plazo permiten realizar aportes periódicos, ajustar el perfil de riesgo con la edad y mantener liquidez, algo clave en un contexto incierto.
A diferencia del ahorro tradicional -que pierde valor frente a la inflación-, la inversión bien estructurada permite preservar y hacer crecer el patrimonio, incluso en escenarios económicos complejos.
Planificar el retiro es un acto de libertad
Pensar en el retiro no es pensar en dejar de trabajar, sino en poder elegir. Elegir si se quiere seguir activo por vocación y no por obligación. Elegir dónde vivir, cómo atender la salud, cómo disfrutar el tiempo. Las cifras actuales muestran lo que ocurre cuando esa planificación no existe: adultos mayores trabajando en la informalidad, con ingresos bajos y alta vulnerabilidad. Cambiar esa realidad requiere políticas públicas más sólidas, sí, pero también decisiones individuales informadas.
Una lección que no se puede ignorar
Ecuador está envejeciendo. Y lo está haciendo sin una red de protección suficiente. La fotografía del mercado laboral de la tercera edad no es una anomalía coyuntural: es una advertencia. Quienes hoy tienen 30, 40 o 50 años están viendo, en tiempo real, su posible futuro financiero. La pregunta ya no es si conviene pensar en el retiro privado. La verdadera pregunta es qué costo tendrá no hacerlo. Planificar el retiro no es un lujo. En el Ecuador actual, es una necesidad económica, social y humana.














