Quienes pasaron el fin de semana del 10 y 11 de mayo formados en largas filas en las gasolineras de Quito, Guayaquil o Cuenca vivieron en carne propia algo que los libros de economía describen en la teoría: la vulnerabilidad de las cadenas de suministro globales. Así, que lo que pareció un problema local -estaciones sin gasolina Extra, despachos reducidos, cupos limitados- tiene raíces que se extienden miles de kilómetros, hasta un estrecho de agua de apenas 56 kilómetros de ancho ubicado entre Irán y los Emiratos Árabes Unidos. Entender lo que ocurrió en Ecuador durante estos días requiere mirar el mapa del mundo con otros ojos.
El cuello de botella del planeta
El Estrecho de Ormuz no aparece en los titulares con frecuencia, pero es, sin exageración, la arteria más crítica del sistema energético global. Por ese pasillo de agua transita aproximadamente el 20% del petróleo que se consume en todo el planeta, el 25% del gas natural licuado y cerca de un tercio de la urea, el fertilizante más usado en la agricultura mundial. En términos de volumen, entre 17 y 21 millones de barriles de crudo cruzan ese estrecho cada día, provenientes de Arabia Saudita, Irak, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar e Irán, con destino a Asia, Europa y América.
Desde que el petróleo se convirtió en el combustible que mueve la civilización moderna, el estrecho dejó de ser solo una ruta comercial para convertirse en un punto de quiebre permanente de la economía global. Los analistas financieros tienen programada una variable en todos sus modelos que simplemente llaman “riesgo Ormuz”, y no es retórica ya que se estima que un bloqueo prolongado de apenas dos semanas podría elevar el precio del barril de petróleo entre un 30% y un 50%, con efectos en cadena sobre la inflación, transporte, alimentos e industria de prácticamente todos los países del mundo, incluso aquellos que nunca han importado una gota de petróleo del Golfo Pérsico., y eso es exactamente lo que está ocurriendo en 2026.
La tormenta que desencadenó todo
A finales de febrero de 2026, el escalamiento del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán derivó en ataques a instalaciones energéticas en Arabia Saudita y Qatar, incluyendo objetivos vinculados a Saudi Aramco y QatarEnergy, QatarEnergy, dos de las empresas energéticas estatales más poderosas e influyentes del mundo, fundamentales para la economía de sus respectivos países y actores clave en el mercado global de hidrocarburos. La respuesta iraní incluyó el anuncio del cierre del Estrecho de Ormuz, lo que desencadenó una de las disrupciones energéticas más importantes en décadas. El precio del barril de petróleo Brent superó los USD 100 en menos de dos semanas -un salto del 25%-, y cerca de 3.000 buques quedaron varados o debieron modificar sus rutas, multiplicando los tiempos de entrega y los costos logísticos a nivel internacional.
Ecuador no importa petróleo de Oriente Medio directamente, pero tampoco está inmune, ya que el crudo ecuatoriano se cotiza en referencia al WTI, el marcador norteamericano, que se mueve en correlación con el Brent internacional. Cuando el Brent sube, el WTI sube, y cuando el WTI sube, los precios de los combustibles en Ecuador se ajustan con él. En cuestión de días, el WTI pasó de USD 66,96 a USD 90,9 por barril -un incremento del 35,7%-, lo que activó el mecanismo de bandas y llevó a que el 12 de mayo 2026 los precios de la gasolina Extra, el Ecopaís y el Diésel Premium registraran un alza mensual.
Pero el precio no fue el único efecto, pues los retrasos en las importaciones también llegaron, así que la Agencia de Regulación y Control de Hidrocarburos (ARCH) informó el 8 de mayo sobre el retraso de un buque que transportaba combustibles al país, directamente relacionado con las disrupciones logísticas derivadas del conflicto en Medio Oriente. Ecuador importa alrededor del 80% del diésel que comercializa y hasta el 90% del gas, lo que lo convierte en un país altamente sensible a cualquier interrupción en las cadenas de suministro internacionales.
Los factores internos que amplificaron el impacto
La situación internacional encontró un escenario doméstico que la amplificó: desde el 1 de marzo de 2026, la Refinería de Esmeraldas – cuya operación representa el 63% de la capacidad de refinación del país- opera al 40% de su capacidad tras un incendio registrado en esa fecha, lo que redujo la oferta nacional de gasolina Extra, que desde esa terminal se despacha a escala nacional, generando una presión adicional sobre las importaciones.
A esto se sumó el decreto de toque de queda en nueve provincias del país, entre ellas Pichincha, vigente entre el 3 y el 18 de mayo, que conllevanla restricción de movilidad entre las 23:00 y las 05:00 y, a su vez, limitó el horario de circulación de los autotanques, afectando directamente la distribución de combustibles desde las terminales hacia las estaciones de servicio, que se reflejan en largas filas de cisternas que se acumularon en Machachi esperando el levantamiento de la restricción para poder ingresar a Quito.
El tercer factor fue conductual: la combinación del anuncio de ajuste de precios para el 12 de mayo y la circulación de rumores en redes sociales sobre una posible escasez generó compras anticipadas masivas. Miles de conductores decidieron llenar sus tanques la noche del 11 de mayo, vaciando temporalmente varias estaciones y creando las imágenes de filas que luego circularon en medios y redes sociales, retroalimentando el ciclo de alarma. El resultado fue una tormenta perfecta de factores simultáneos: disrupciones internacionales en el suministro, retrasos de importaciones, menor producción en la refinería local, restricciones logísticas por el toque de queda y un pico de demanda concentrado en pocas horas.
Esto ya ha pasado antes, y el mundo siguió adelante
La historia del Estrecho de Ormuz es también la historia de las crisis energéticas cíclicas que la economía global ha enfrentado y superado. Durante la llamada “Guerra de los Tanqueros” en los años 80, Irán e Irak atacaron embarcaciones petroleras en la zona y los mercados respondieron con volatilidad extrema. En 2019, la incautación de un buque petrolero británico elevó las tensiones a niveles críticos. En cada ocasión, los mercados absorbieron el impacto, las cadenas de suministro se reorganizaron y los precios eventualmente encontraron nuevos equilibrios.
Los países productores de la OPEP han invertido miles de millones de dólares en oleoductos alternativos precisamente para reducir la dependencia del estrecho. Saudi Arabia cuenta con el Petroline, que conecta el Golfo Pérsico con el Mar Rojo. Los Emiratos Árabes Unidos construyeron el oleoducto Habshan-Fujairah con capacidad de hasta 1,5 millones de barriles diarios. Estas rutas tienen capacidad limitada frente al volumen total que transita por Ormuz, pero representan una red de contingencia que antes no existía.
En Ecuador, la Refinería de Esmeraldas tiene previsto recuperar el 80% de su capacidad operativa para principios de junio de 2026. La ARCH confirmó que el país mantiene combustibles en terminales, importaciones activas y despachos constantes, y proyecta una normalización progresiva en los próximos días. La institución ordenó priorizar los despachos hacia terminales estratégicos como El Beaterio, en Quito, y Pascuales, en Guayaquil, para agilizar el abastecimiento.
La lección de fondo
Lo que ocurrió en las gasolineras ecuatorianas durante estos días es un recordatorio de algo que la economía global conoce bien pero que resulta fácil olvidar en tiempos de normalidad: los sistemas de suministro energético son complejos, interconectados y sensibles a perturbaciones que ocurren a miles de kilómetros de distancia. Un estrecho de agua de 56 kilómetros puede determinar el precio de la gasolina en Quito, la inflación en Europa y las decisiones de inversión en Asia.
Pero esos mismos sistemas han demostrado, una y otra vez, una capacidad notable de adaptación, ya que las cadenas de suministro se reorganizan, las rutas alternativas se activan, las refinerías se reparan y los mercados encuentran nuevos equilibrios. La dependencia estructural del petróleo y el gas es una realidad que la transición energética global está transformando de manera gradual, aunque ese proceso tomará tiempo.
Mientras tanto, lo que ocurre en el Estrecho de Ormuz no es solo una noticia de geopolítica internacional: es parte del sistema del que Ecuador, como el resto del mundo, sigue siendo parte. Y como en cada crisis energética anterior, el camino hacia la normalización ya está en marcha.















