56 kilómetros de agua definen el precio que pagas en la gasolinera, la inflación de tu país y el equilibrio geopolítico del planeta.
Un pasillo de agua con poder de vida o muerte económica
Imagina que toda la gasolina del mundo tuviera que pasar por una sola puerta: ahora imagina que esa puerta mide apenas 56 kilómetros en su punto más estrecho, justamente ese es el Estrecho de Ormuz: una franja de agua entre Irán al norte y los Emiratos Árabes Unidos y Omán al sur, que conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán y, desde ahí, con el Mar Arábigo y el resto del mundo. No es solo una ruta marítima más. Es la arteria más crítica del sistema energético global.
Por este estrecho pasa aproximadamente el 20% del petróleo que se consume en todo el planeta, el 25% del gas natural licuado (GNL) y alrededor de un tercio de la urea, el fertilizante más utilizado en la agricultura mundial. En términos de volumen diario, hablamos de entre 17 y 21 millones de barriles de crudo transitando cada día -procedentes de Arabia Saudita, Irak, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar e Irán- en dirección a Asia, Europa y América. Sin el Estrecho de Ormuz, gran parte de la economía global simplemente se detiene.
Una historia de siglos: cuando Ormuz era reino y ruta de la seda líquida
La importancia estratégica del estrecho no es nueva. Ya en el siglo XIV, Ibn Battuta -el gran viajero árabe del mundo medieval- describía el estrecho como un paso bullicioso de mercaderes, perlas y especias. Ormuz era entonces una isla-estado poderosa que controlaba el comercio entre Oriente y Occidente, tan próspera que llegó a ser un proverbio persa: “Si el mundo fuera un anillo, Ormuz sería su piedra preciosa”, y un refrán que habla del poderío geopolítico de este territorio.
En el siglo XVI, los portugueses conquistaron la isla y convirtieron el estrecho en un enclave colonial clave para dominar las rutas comerciales del Índico. Luego vendrían los persas, británicos durante el Imperio y, finalmente, el descubrimiento del petróleo en la primera mitad del siglo XX transformó para siempre la naturaleza de su poder, ya que lo que antes era una ruta de especias y sedas se convirtió en la ruta del combustible que mueve al mundo moderno.
Desde la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, desde la revolución iraní de 1979, el Estrecho de Ormuz pasó a ser un tablero de ajedrez geopolítico permanente. Estados Unidos estableció la V Flota en Baréin precisamente para garantizar la libre navegación en la zona. La doctrina Carter, enunciada en 1980 por el presidente Jimmy Carter, declaró explícitamente que cualquier intento de controlar el Golfo Pérsico sería considerado un ataque a los intereses vitales de Estados Unidos. No era retórica: era reconocer que quien controla Ormuz, controla la economía del mundo.
La amenaza iraní: el arma del cierre
Irán comprende mejor que nadie el poder que tiene sobre el estrecho. Sus costas bordean el canal septentrional de navegación, y su Guardia Revolucionaria ha amenazado en repetidas ocasiones con cerrarlo si el país es atacado o sometido a sanciones severas. No es una amenaza vacía: en la llamada “Guerra de los Tanqueros” durante los años 80, Irán e Irak atacaron embarcaciones petroleras en la zona, obligando a Estados Unidos a escoltar buques bajo bandera americana. En 2019, durante un pico de tensiones con Washington, Irán llegó a incautar un buque petrolero británico en aguas del estrecho.
El simple rumor de un posible cierre basta para disparar los precios del crudo. Los mercados financieros reaccionan con nerviosismo visceral ante cualquier noticia procedente de la zona, porque todos los modelos económicos globales tienen programada una variable de riesgo llamada “Ormuz”. No es exageración: los analistas calculan que un bloqueo prolongado de tan solo dos semanas podría elevar el precio del barril de petróleo entre un 30% y un 50%, con efectos de segunda ronda sobre la inflación, el transporte, los alimentos y la industria en prácticamente todos los países del mundo.
2026: el estrecho en el ojo del huracán
El escenario que muchos analistas temían está ocurriendo. Los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán -y la respuesta de Teherán con ataques a instalaciones energéticas en Arabia Saudita y Qatar, incluyendo objetivos vinculados a Saudi Aramco y QatarEnergy- han convertido el Golfo Pérsico en una zona de guerra activa: la Guardia Revolucionaria iraní anunció el cierre del Estrecho de Ormuz, lo que ha provocado una de las mayores disrupciones energéticas en décadas.
El precio del barril de petróleo Brent ya ha superado los USD 100, un salto del 25% en menos de dos semanas. El gas natural licuado pasó de cotizar alrededor de USD 37 por megavatio hora a superar los USD 57. Los mercados asiáticos -China, Japón, Corea del Sur e India, que dependen de esta ruta para el grueso de sus importaciones energéticas- han entrado en alerta máxima. Cerca de 3.000 buques están varados o han modificado sus rutas, lo que extiende los tiempos de entrega y multiplica los costos logísticos.
Las consecuencias no se limitan al precio de la gasolina. El 33% de los fertilizantes que usa la agricultura mundial transita por Ormuz. Una interrupción prolongada afecta la producción de alimentos a escala global. El aluminio, el acero, los plásticos industriales: todos tienen cadenas de suministro que pasan, en algún punto, por el estrecho. La inflación ya está siendo revisada al alza por el Banco Central Europeo y la Reserva Federal de Estados Unidos. Los bancos centrales enfrentan una encrucijada clásica: subir tasas para contener la inflación importada, o mantenerlas para no asfixiar un crecimiento ya debilitado por años de tensiones comerciales.
¿Y Ecuador? Más cerca de lo que parece
Ecuador no importa petróleo de Oriente Medio ni depende directamente del tráfico por Ormuz. Pero eso no lo aísla de lo que ocurre en ese estrecho. El crudo ecuatoriano, el Oriente y el Napo, se cotizan en referencia al WTI -el marcador de precios para el crudo norteamericano-, que a su vez se mueve en correlación con el Brent internacional, ya que cuando el Brent sube, el WTI sube, y si el WTI sube, los precios de las gasolinas en Ecuador se mueven con él.
El mecanismo de bandas implementado en junio de 2024 permite ajustes de hasta un 5% mensual al alza en los precios de la extra, el ecopaís y el diésel prémium. Con el WTI pasando de 66,96 a 90,9 dólares por barril en apenas una semana -un incremento del 35,7%- ya se proyecta que el 12 de marzo de 2026 los combustibles suban ese techo del 5%. La gasolina súper, que no está dentro del sistema de bandas, podría experimentar un incremento aún mayor; para un país donde el costo de transporte impacta directamente en el precio de los alimentos, ese aumento no es un dato técnico: se siente en la canasta básica de cada familia ecuatoriana.
El poder de 56 kilómetros
Pocas realidades geográficas ilustran mejor la interdependencia global que el Estrecho de Ormuz: un paso de agua que podría cruzarse en minutos en avión determina la inflación de países que nunca han oído hablar de él, el precio del pan en mercados a miles de kilómetros de distancia y las decisiones de inversión de empresas en todos los continentes. En un mundo que aspira a la diversificación energética y la descarbonización, Ormuz es el recordatorio más brutal de cuánto sigue dependiendo la civilización moderna del petróleo y del gas.
Los países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) han invertido miles de millones de dólares en oleoductos alternativos que evitan el estrecho -como el Petroline saudita o el Habshan-Fujairah emiratí- precisamente para reducir la vulnerabilidad. Pero esas rutas tienen capacidad limitada y no pueden compensar el volumen que hoy transita por el estrecho. La alternativa real, la que reduciría de manera estructural el poder de Ormuz, es la transición a energías renovables, mientras esa transición no sea una realidad global plena, 56 kilómetros de agua salada seguirán teniendo el poder de hacer temblar la economía mundial.
La historia del Estrecho de Ormuz es, en el fondo, la historia de nuestra dependencia energética y sus consecuencias geopolíticas. Mientras el mundo moderno funcione con combustibles fósiles, el estrecho será un punto de quiebre permanente -un lugar donde la geografía, la política y la economía global colisionan cada día, y donde la paz o la guerra se miden no solo en vidas, sino en dólares por barril.

