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Entre muros que respiran historia: la reconstrucción del Ecomuseo Biblioteca

Ecomuseo Biblioteca de fundación Fidal

El polvo del tiempo se levanta con cada paso. Son las 2 de la tarde y el sol se filtra entre los andamios que abrazan una fachada de otro siglo. A simple vista, es una obra en construcción. Pero cuando uno entra y siente el eco de las voces, los martillos y las ilusiones, entiende que está presenciando algo más que una restauración: está presenciando el nacimiento de un símbolo.

Recorrer los tres pisos del primer Ecomuseo Biblioteca del país, entre las calles Manabí y Vargas, en pleno corazón del centro histórico de Quito, es como abrir un libro antiguo donde cada capa de pintura revela una historia. Lo que hoy avanza con esperanza fue, no hace mucho, una estructura casi olvidada. Polvo, humedad y silencio cubrían los arcos de piedra que hoy, gracias a un trabajo minucioso de restauración, vuelven a respirar.

“Esto no es una obra más; es un acto de fe en la cultura”, me dice Claudia Arteaga, una de las mentes y corazones detrás del proyecto. Su mirada recorre las paredes con la devoción de quien cuida una memoria. “Hemos rescatado muros que parecían rendidos, hemos devuelto vida a un espacio que el tiempo estaba a punto de borrar”.

construccion ecomuseo

El latido de la cultura en el corazón de Quito

El edificio es hoy un hervidero de esperanza. En cada rincón hay historias que se entrelazan: abogados que trabajan pro bono para garantizar la estructura legal y fiduciaria que protege los recursos; artistas y gestores culturales que donan obras y tiempo; empresas privadas que apuestan por un proyecto que, cuando esté terminado, superará los dos millones de dólares en inversión, con un retorno visible: regresar a Quito la esperanza de ser un epicentro cultural. El verdadero valor no está en las cifras sino en la visión.

La Fundación FIDAL, impulsora del Ecomuseo Biblioteca, ha demostrado durante décadas que el conocimiento puede ser el motor de transformación social más poderoso. Desde 1999, esta organización sin fines de lucro ha tejido un legado que une educación, democracia y sostenibilidad con un propósito claro: formar ciudadanos más conscientes, más críticos y más comprometidos con el país.

“Ecuador tiene una deuda con la cultura, pero también una riqueza inmensa por descubrir”, afirma Rosalía Arteaga, presidenta de FIDAL y expresidenta del Ecuador. Su voz, pausada pero firme, transmite la convicción de quien lleva años defendiendo la educación como motor de equidad. “No se trata solo de restaurar un edificio. Se trata de restaurar nuestra conexión con el conocimiento, con la historia, con la belleza de aprender.”

Un recorrido entre pasado y futuro

Subir las escaleras aún desnudas de mármol es como caminar hacia el futuro mientras se respira el pasado. El primer piso albergará un espacio educativo abierto a niños y niñas del centro de Quito, muchos de ellos estudiantes de colegios fiscales. Aquí encontrarán un lugar seguro, luminoso y vivo.

Habrá un acuario con tecnología de mapping: es decir, una técnica audiovisual de proyectar imágenes y animaciones sobre superficies reales como edificios, objetos o incluso cuerpos humanos, adaptando el contenido a la forma de la superficie para crear efectos visuales impactantes. Con el mapping, los pequeños podrán ver especies marinas ecuatorianas proyectadas en pantallas interactivas. También una sala de música, con instrumentos que esperan ser tocados por manos curiosas que quizá hoy solo conocen la música a través de los auriculares y los algoritmos. En otro piso, una sala de matemáticas ancestrales conectará a los visitantes con el legado árabe y las culturas originarias del país, recordando que la ciencia, como el arte, también tiene raíces humanas. Mientras el aire se llena del sonido de las máquinas, Claudia sonríe:

“A veces, mientras recorro la obra, pienso que estamos levantando un edificio dentro de otro: el edificio del conocimiento dentro del edificio del patrimonio.”

Tiene razón, porque más allá de los planos y los presupuestos, lo que se está construyendo es una alianza entre pasado, presente y futuro, donde la restauración no es solo física, sino simbólica: una forma de sanar la indiferencia cultural de una sociedad distraída por las pantallas.

La fe de quienes construyen

En la obra, la arquitecta residente revisa con precisión cada detalle. El cuidado con el que toca las paredes es casi maternal. “Cuando restauras un edificio patrimonial, no puedes imponerle tu voluntad. Debes escuchar lo que te dice”, comenta. Esa filosofía parece reflejar la esencia misma del proyecto: respeto por la historia, apertura hacia el futuro. A su alrededor, se mezclan obreros, ingenieros, gestores culturales y voluntarios. Cada uno, desde su trinchera, contribuye a levantar no solo una biblioteca, sino un espacio de encuentro y aprendizaje.

El Ecomuseo no busca ser un templo del silencio, sino un ecosistema vivo donde la cultura dialogue con la tecnología, la memoria con la innovación, y los ciudadanos con su ciudad.

Una historia de diez años de perseverancia

El camino hasta aquí no ha sido corto. Desde 2012, FIDAL ha librado una batalla constante contra los obstáculos legales, los trámites patrimoniales y la falta de recursos. Pero la organización ha demostrado que la visión y la paciencia pueden más que la burocracia. Cada año, entre talleres, premios, becas y alianzas internacionales, FIDAL ha reafirmado su misión: fortalecer la educación, la democracia y el crecimiento económico en Ecuador y América Latina, promoviendo la conciencia ecológica y el desarrollo sostenible. Su visión —ser un referente de transformación educativa y liderazgo en la región— cobra forma tangible en este edificio que se alza como un símbolo de resiliencia.

“El conocimiento transforma, pero solo si logramos que sea accesible para todos”, reflexiona Claudia Arteaga mientras observa los planos del tercer piso. “Por eso este espacio está pensado para abrir puertas, no para cerrarlas. Aquí todos pueden aprender, sin importar su origen.”

La cultura como motor económico y social

El Ecomuseo Biblioteca no será solo un espacio cultural, sino también un laboratorio de sostenibilidad. Su diseño contempla el uso de energía limpia, gestión eficiente del agua y materiales ecoamigables, en coherencia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Organización de Naciones Unidas (ONU) que guían la labor de FIDAL. Además, su modelo de gestión —basado en un fideicomiso cultural— garantiza la transparencia y el cuidado responsable de los fondos. “Cada dólar invertido aquí se convierte en una semilla de futuro”, dice Claudia, mientras señala el techo donde pronto habrá paneles solares. El proyecto también busca reactivar el centro histórico de Quito, devolverle el pulso que tuvo cuando era epicentro de cultura, comercio y encuentro. En palabras de Rosalía:

“Quito fue una ciudad virreinal, un punto de conexión entre pueblos y saberes. Este museo es un peldaño para volver a serlo, pero desde la educación y la sostenibilidad.”

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El eco de un nuevo comienzo

A medida que el recorrido termina, el sonido de los martillos se mezcla con el de las voces esperanzadas. Afuera, la ciudad sigue su curso: autos, turistas, oficinas. Pero adentro, algo distinto late. La restauración de este edificio es también la restauración de una fe colectiva en la cultura, en la educación como fuerza de cambio, en la cooperación como camino. El polvo que cubre los zapatos ya no es signo de abandono, sino de trabajo. Cada ladrillo, cada arco, cada metro reconstruido es un testimonio de lo que sucede cuando un grupo de personas decide que la cultura importa.

El Ecomuseo Biblioteca aún no está terminado, pero su espíritu ya está vivo. Vive en los niños que pronto lo visitarán, en los libros que esperan sus estanterías, en las manos que levantan los muros y en las voces que creen que aprender sigue siendo el acto más revolucionario de todos.

Y esa revolución —silenciosa, paciente y luminosa— tiene nombre: FIDAL.

Si estás en Quito, este museo es un recorrido necesario

Caminar por el Ecomuseo Biblioteca es presenciar cómo la esperanza se levanta entre muros antiguos. No es solo una obra en construcción: es una promesa hecha de ladrillo, memoria y tecnología, que busca reconciliar a la ciudad con su propio pulso. Este espacio —concebido para niños y adultos, soñadores y curiosos— invita a mirar el futuro sin olvidar las raíces, a tocar la historia sin temor al polvo del tiempo. Será un museo vivo, conectado con otros en el mundo, donde la innovación servirá a la cultura y no al revés; un lugar donde los visitantes podrán sentir que aprender sigue siendo un acto de libertad.

Te invitamos a descubrir esta joya escondida en el corazón de Quito, a recorrer sus salas, a dejarte inspirar por su energía y a ser parte de una historia que recién comienza. Porque en medio del ruido digital y las pantallas infinitas, este rincón del centro histórico nos recuerda algo esencial: la cultura no es un lujo, es un bien mayor que devuelve vida, sentido y alma a una ciudad que aún late.

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